EDUCAR ENTRE LA INCERTIDUMBRE Y EL DESANIMO.

Por: M. E. Gloria Beltrán Pérez

Entre los temas frecuentes de discusión en materia educativa sobresalen las posturas y propuestas de diversidad metodológica y de aplicaciones de los avances tecnológicos en las escuelas en todos los niveles educativos y su respectivo logro de eficacia en el marco de la “calidad”. Lo incongruente del caso es que socialmente evaluamos la calidad en función de la comodidad que los servicios y bienes nos brindan y los procesos educativos no pueden fundamentarse en un estado de satisfacción, en tanto que los aprendizajes se sustentan en situaciones de conflicto.

La búsqueda de soluciones y el descubrimiento de las relaciones entre los elementos implícitos son precisamente los componentes que le dan significado y hacen posible al aprendizaje, haciendo evidente la necesidad de fundamentar los procesos educativos (de enseñanza-aprendizaje) en criterios más realistas, congruentes y trascendentes.

Al hacer un balance entre los logros y las carencias en materia educativa nos topamos con una cruel realidad donde las necesidades rebasan la capacidad social de satisfacerlas. Así la agenda educativa actual debe hacerse a partir de un diagnóstico integral y sistémico que defina además de los indicadores socioeconómicos, las particularidades de los educandos.

El análisis socioeconómico nos permite definir las condiciones de educabilidad, estas se refieren a todos los aspectos que rodean la vida de los alumnos y que tienen un impacto significativo en el éxito o en el fracaso escolar. Los ingresos económicos, la estructura y la funcionalidad familiar son condiciones específicas en la disposición de alimentación, vivienda y salud: generadoras naturales y básicas de la posibilidad de aprender

En lo referente a las características propias de los educandos, cabe resaltar los factores de resiliencia. La resiliencia Implica el fortalecimiento de la capacidad interna, subjetiva de cada individuo para superar las situaciones difíciles que les toca vivir. Es la capacidad humana para enfrentar, sobreponerse y ser fortalecido o transformado por experiencias de adversidad y tiene como resultado la adaptación positiva en contextos de infortunio.

El deterioro de las condiciones de educabilidad es provocado por las carencias básicas para el crecimiento y el desarrollo datos de pobreza, situación común a lo largo de nuestra historia y que han provocado, además de miseria, un impacto en el desarrollo psíquico de los niños y jóvenes.

Tener una familia de origen donde el subempleo, la violencia, la ausencia de figura paterna y el descenso social, entre otras muchas adversidades, es el común denominador, afecta, sin lugar a dudas, la confianza y la autoestima. La pobreza y la inseguridad permanente son situaciones objetivas que tienen una representación subjetiva diferente en cada una de las personas que sufren su impacto.

Desde esta perspectiva, la mejor estrategia educativa es una política social que mejore las condiciones de vida de la población, que garantice las posibilidades de las familias para alimentar, vestir, curar y transmitir los elementos básicos de la formación psicológica de sus hijos, pero… el análisis histórico en diferentes contextos y etapas nos indica las limitaciones de esta propuesta, al parecer no basta dar el alimento, ni enseñar a obtenerlo ¿Qué hacer entonces?.

He aquí una propuesta: cambiar las representaciones sociales y por ende las representaciones y significados individuales a través del desarrollo de la resiliencia que alude a la capacidad que muestran algunas personas para sobreponerse a situaciones traumáticas frente a las cuales la mayoría de los individuos no puede resistir.

Vanistendael (1997) señala que resiliencia “Es la capacidad de un individuo o de un sistema social de vivir bien y desarrollarse positivamente y de un modo socialmente aceptable, a pesar de condiciones de vida difíciles”, de esta manera sugiere que es tanto una capacidad como un proceso y distingue cinco dimensiones de la resiliencia:

(a) La existencia de redes sociales informales: la persona tiene amigos, participa de actividades con ellos y lo hace con agrado; tiene en general una buena relación con otras personas

(b) El sentido de la vida y de su trascendencia: la persona muestra capacidad para descubrir un sentido y una coherencia en la vida

(c) Autoestima positiva: la persona se valora a sí misma, confía en sus capacidades y muestra iniciativa para emprender acciones o relaciones con otras personas porque se siente valioso y merecedora de atención y cariño

(d) Presencia de aptitudes y destrezas: es capaz de desarrollar sus competencias y confiar en ellas, genera ideas y proyectos

(e) Sentido del humor: la persona es capaz de jugar, reír y gozar de las emociones positivas, es capaz de disfrutar de sus experiencias.

En el momento mismo del trauma y de la crisis, el resiliente ya piensa qué va a hacer cuando salga de ella. La presencia de una idea de futuro, de una expectativa de salida hace más soportable el dolor y se convierte en una parte fundamental del proceso de superación de la crisis.

El resiliente es capaz de formular una explicación, un relato de los que le sucedió. Poder articular el conjunto de situaciones, imágenes, sentimientos y representaciones asociadas al trauma y a la crisis en una secuencia con sentido permite dar coherencia a los acontecimientos y, de esta forma, sus efectos son más soportables y susceptibles de ser afrontados.

Los resilientes han tenido vínculos especiales con una o varias personas que les han permitido fortalecer su autoestima y su confianza en las posibilidades para superar las situaciones de crisis. La confianza no significa evitar esfuerzos, sino fortalecer la capacidad de realizarlos.

La resiliencia no debe considerarse como una capacidad estática, ya que puede variar a través del tiempo y las circunstancias. Es el resultado de un equilibrio entre factores de riesgo, factores protectores y la personalidad del ser humano. Esto último permite elaborar, en sentido positivo, factores o circunstancias de la vida que son desfavorables. Uno puede estar más que ser resiliente. Es necesario insistir en la naturaleza dinámica de la resiliencia, apunta a mejorar la calidad de vida de las personas a partir de sus propios significados, según ellos perciben y se enfrentan al mundo.

La resiliencia implica actitudes y acciones dirigidas a la protección, la recuperación y control conductual. No debe considerarse como una capacidad estática, ya que puede variar a través del tiempo y las circunstancias. Es el resultado de un equilibrio entre factores de riesgo, factores protectores y la personalidad del ser humano. Esto último permite elaborar, en sentido positivo, factores o circunstancias de la vida que son desfavorables.

Poner la mirada en estas personas y en sus características permite recuperar el optimismo acerca de la posibilidad de superar determinismos sociales, biológicos y culturales. Es necesario educar para que nuestros niños y jóvenes sean capaces de elaborar una explicación de lo que les sucede, para que sean capaces de tener un proyecto de vida (conocerse a sí mismos, en sus fortalezas y debilidades, tanto culturales como personales) y deben sentir que se tiene confianza en ellos y en su capacidad de enfrentar los desafíos que se le presenten. Basta ya de asumir cultural y personalmente la indefensión como inevitable.

Mejorar las condiciones de educabilidad y adoptar estrategias que permitan a los hijos, alumnos y dependientes aprender en situaciones de fuertes carencias materiales y afectivas no agota ni mucho menos la problemática educativa del país. Hemos escuchado mil veces que no debemos dar el pescado, sino enseñar a pescar, ahora también podremos agregar que hay que trabajar socialmente para contribuir permanentemente a la autoconfianza y la autoestima, condiciones indispensables para desear pescar y por ende, para la salud integral.

La resiliencia se va construyendo en interacción con el medio, y por esto, existen diferentes grados, según la contención y sostén que la persona perciba. Es imperioso, vital y urgente, fomentar la resiliencia en las personas, especialmente en los niños expuestos a numerosas situaciones de riesgo social, si queremos para ellos un futuro como personas que puedan reconocerse sujetos de derecho, con capacidad de ser autónomas, responsables participativas y solidarias.

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